martes, diciembre 06, 2016

Acá todavía en Revista África

Reseña de Acá todavía en Revista África, por Pablo Milani


Acá todavía trata sobre una espera, lo ineludible que pasa mientras uno espera lo irremediable, la muerte, con cierta agonía e ironía a la vez. Romina Paula (Buenos Aires, 1979), registra aquí, en su tercera novela publicada por Entropía, un desenlace, un fin que no quiere llegar a ser pero también un comienzo, un desprendimiento. La novela está escrita en primera persona, ella es Andrea, una mujer ambigua hasta en su sexualidad. Recuerdos de su amor de mujer en la adolescencia y de su padre y su madre junto a sus hermanos hacen de Acá todavía un recorrido no lineal, con bordes apenas reconocidos, que tienen que ver con una retrospectiva, pero que siempre conllevan implícito, una pérdida.  

En la escritura de Romina Paula hay una clara intención de no dejar nada donde está, de una cierta violencia en ese irreparable hachazo del tiempo, de negación, de ir hacia atrás en un tiempo retenido con historias que quieren pertenecer a algo o a alguien. Describe a la familia como algo idílico pero a la vez como registro de un vacío, de un volver a empezar cuando todo se lo ha llevado el tiempo. Habla de vaciarse, de luchar contra el tiempo por más que sea una batalla perdida, de sacarse algunas máscaras y hacerse preguntas que no tendrán respuesta. Aquí la sexualidad de Andrea juega un papel de complicidad y confesión frente al padre, de poder comunicárselo con diálogos dentro de un mundo semántico que fluctúa entre dos fuerzas opuestas, pero que al mismo tiempo conviven. Por un lado esa reminiscencia de un pasado siempre mejor y por el otro su presente, ahora frágil y recortado contra su voluntad. Es en ese ahora donde cada pregunta cambia de respuesta, de forma. Sus planteos dejan de tener esa inocencia primaria, sin lastimaduras y pasan a ser pensamientos que ya no pueden sostenerse por sí solos, que necesitan de la ayuda paterna y que a la vez esa figura como presencia, se irá desintegrando. Buenos Aires convive con la protagonista como algo estático, un lugar donde se puede caminar sin ser reconocido, pero también trabaja como artificio. “Esta es una parte de la ciudad en la que la gente no pasa hambre y para las fiestas se comporta como si fuera Europa o Estados Unidos: compran comida y regalos, visten para la ocasión.” 

Pero no es todo nostalgia en Acá todavía, el encuentro casual con un hombre y el posterior desencuentro para luego reencontrase en la casa de la familia de él, habla de una casi desesperada búsqueda de la protagonista de la novela, Andrea, que no se resigna, escapándose del dolor hacia adelante. Se refiere a la década del 90 como “La década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada. Porque una cosa es la tristeza, noble por donde se la mire, y otra muy distinta la angustia, vinculada en general a cosas que podrían ser de otro modo y no lo son, por falta de voluntad o algún tipo de tara. Aquello era la angustia, esto podría ser tristeza, pero con dignidad.”

En Acá todavía surge el traspaso de ser hija a no tener padre, de cierta tristeza, de no saber cómo se llama eso, a no tener esa voz al lado de uno, ese amor que se disipa y pasa a ser otra cosa. De recuerdos eludiendo sombras que no saben que lo son, de silencios sostenidos, de una mente que viaja sin destino y sin pausa. En las palabras de Romina Paula el verdadero sostén es siempre el amor, de no dejarlo, de atravesarlo por completo y arriesgarse en cada paso. Es una constante búsqueda de sentirse completo con el otro, de descubrirse en esa complicidad, ya sea entre hrmanos, con una pareja, ya sea hombre o mujer, mientras la imagen del padre se va diluyendo, se va desmenuzando como alguien que siempre estuvo y un día no lo está más. En las páginas de Acá todavía se respira cierto aire de independencia y dependencia, y ese puente se articula como un estado de mutación, se desliza por un camino del porvenir del que aún no tiene nombre pero que forma parte del inconsciente de la novela.

lunes, diciembre 05, 2016

Las múltiples vidas de mi vecino

Reseña de Por Rodrigo Fernández sobre El Sr. Ug..., de Humberto Bas, para el diario El Popular de Olavarría



Una novela de Humberto Bas cuya prosa tiene una dinámica sorprendente.

El se despierta cada madrugada a la misma hora. Son las 3.49 en el reloj que está sobre su mesa de luz y la noche se empieza replegar hacia la mañana. Pero él no puede recuperar el sueño y su cabeza es un maremágnum de pensamientos, hechos sin sentido que dan vueltas y vueltas a su alrededor. Desde su cama hasta los demás ambientes de su casa. De allí a cada departamento del edificio que habita, sale hacia la calle, luego al barrio y de ahí al mundo. El universo cabe en un minuto de sus meditaciones. Pero todas sus elucubraciones parecen tener sentido cuando llega a su mente la figura del Sr. Urdanpilleta, el hombre que vive en el departamento contiguo al suyo.

"Cada familia es un mundo", asegura el dicho popular. Y cada hombre es, en sí mismo, todos los hombres del mundo. El Sr. Urdanpilleta es la promesa del olvido, centrarse en la vida del otro para olvidar la propia. Imaginar las múltiples vidas del vecino, de héroe a malvado, de valiente a cobarde, para recuperar el sueño o sobrevivir a una noche más de insomnio.

El Sr. Urdanpilleta, el hombre que ve a través del vidrio de la ventana, se levanta, desayuna y se prepara para salir hacia su trabajo. Mientras él lucha con una costumbre que se le está haciendo obsesiva. El monólogo comienza a las 3.49 y cada día que pasa sufre un nuevo agregado, un detalle más en el Gran Relato del vecino que lo puede ubicar o conectar con la historia del mundo. O disparar las divagaciones sobre su personalidad, su trabajo o la forma en que espera el colectivo junto a los demás madrugadores.


Con "El Sr. Ug..." -publicado por Editorial Entropía-, Humberto Bas ha construido una novela apasionante, basada sólo en el monólogo interno de su narrador. Eso le basta para desarrollar una trama que por momentos se vuelve delirante, mientras que en otros el ritmo decrece, pero sin perder el clima. La escritura de Bas se destaca por no apegarse a las normas. Con esto, lo que quiero decir es que es evidente que el autor no se deja limitar por los géneros; es imposible ubicar la novela en una estamento en particular, ya que su literatura está hecha de deseo, proponiéndole al lector un espacio no para la distracción, sino muy por el contrario para la implicación. Hay que sumarse al relato y asumir que el insomnio también puede ser un período para la creación...

jueves, diciembre 01, 2016

Fragmentos de identidad en el camino. La particular crónica de viaje de Cynthia Rimsky en Poste restante

Reseña de Poste restante en Revista Transas. Por Jessica Sessarego


Recientemente la editorial argentina Entropía ha publicado una edición de la novela Poste Restante (aparecida originalmente en 2001), de la autora chilena Cyntia Rimsky. Jéssica Sessarego nos invita a efectuar un recorrido por esta interesante crónica de viaje, la cual a partir de una construcción formal rica y diversa permite reflexionar al lector sobre los complejos reordenamientos de vida y cosmovisión que generan las migraciones. La obra integra ejes que van desde una búsqueda personal por efectos de procedencias y ascendencias familiares, hasta las dinámicas más cotidianas y aparentemente triviales que surgen de las vivencias en entornos distintos al lugar de origen.
¿Yo? ¿Ella? ¿Una anónima chilena que se cuela cual personaje secundario en un pequeño recorte de la trama? Jugar con los pronombres permite a Cynthia Rimsky elaborar su crónica Poste Restante como una pregunta por la identidad; o como un largo y complejo tablero en el que las diversas fichas de la identidad se dispersan, se chocan, se rozan, se besan. Un puñado de letras alcanza para instalar el tema: ¿es lo mismo Rimsky que Rimski? ¿Son la misma familia, son las mismas personas?

La crónica se inicia cuando a la protagonista, casualmente una chilena llama Cynthia Rimsky, le entregan un álbum familiar comprado en un mercado persa. El mismo lleva la palabra “Rimski” inscripta en el lomo. ¿Serían antiguos miembros de su familia? ¿Le habrían cambiado el apellido a su abuelo al pasar por la frontera, como a tantos otros? ¿Habría en algún lado alguien que pudiera reconocer a los individuos de las fotos como parientes suyos? Este interrogatorio sin destinatario fijo es la excusa para abrir un largo viaje a Medio Oriente, los Balcanes, el mundo entero, cuyas paradas implicarán una nueva entrada en la crónica.

Pero tampoco dichas “entradas” serán las de un diario de viaje ordinario. Hay fotos, mapas, cartas enviadas a la protagonista por parientes y amigos, fragmentos fechados y a veces localizados, fragmentos con títulos cual relatos breves.

Lectores ansiosos buscarán correspondencias entre los pronombres, los tipos de fragmentos y las variedades de títulos, y sentirán una vaga frustración al encontrar más de una vez la tercera persona en las entradas de diario (108, 174) y la primera en los relatos titulados a la manera de cuentos (96). Las descripciones de las fotos, que una asociara inicialmente a los repetidos apartados “Álbum de familia”, aparecen también en cualquier otro fragmento. Entre medio de las cartas de terceros, de pronto hay una carta escrita por la protagonista. Pero así se sostiene este libro, no como un camino continuado sino como una sucesión de postes colocados en los bordes, postes autónomos, únicos, irrepetibles, y que a la vez dejan entrever la ruta que avanza silenciosa a su lado.

Entre tantas preguntas cabe rescatar una indispensable para cualquier reseña: ¿Quién es Cynthia Rimsky? Nacida en 1962 en Santiago de Chile, ésta reconocida escritora hoy reparte sus días entre su país natal y Buenos Aires, siempre y cuando no esté de viaje. Si bien ya había escrito algunos relatos cortos, su primer libro publicado fue Poste Restante, en 2001, el cual marca de algún modo toda su obra posterior, plagada de viajes  o más bien de migraciones, de conexiones entre lugares y personas, de géneros combinados, de anécdotas autónomas. Esta crónica, o novela al decir de muchas reseñas, o diario, o improvisado itinerario, tiene origen en un viaje real que Rimsky realiza a contramano del recorrido hecho por sus abuelos hace medio siglo atrás: de Santiago va a Londres, de allí a Israel, luego a Egipto, a Chipre, a Rodas, a Turquía, llega a Ucrania, pasa por la ciudad de Praga, alcanza Polonia, Austria, finalmente Eslovenia y retorna a Santiago. Hay quienes dicen que el texto es producto de la planificación del viaje antes que del viaje mismo, cosa que esta reseñadora no pudo corroborar pero que no deja de ser posible y ser parte de la eterna ambigüedad de la escritura entre la no ficción y la ficción. Similar cruce se da en su obra Los perplejos (2009), en que se intercala una biografía novelada de Maimónides con su propio y errante viaje tras los pasos del biografiado. En Ramal (2011) el protagonista es un personaje de ficción, pero curiosamente comparte varias anécdotas personales con la Rimsky personaje de Poste Restante, como ser la del antepasado dentista que atendía en la calle Maruri y que se negaba a trasladar su consultorio al barrio alto, en el cual podría haber cobrado más caro.

Hoy en día la autora se dedica a dar talleres de escritura en torno a la no ficción y a los viajes, tanto en Chile como en Argentina. Además de los libros mencionados, publicó La novela de otro (2004), Fui (2016) y El futuro es un lugar extraño (2016), además del relato “Cielos vacíos” dentro del volumen Nicaragua al cubo (2014). Ha recibido varios premios, como ser el primer lugar en los Juegos Literarios Gabriela Mistral, el segundo del Premio Municipal de Santiago y la beca Fundación Andes.

Editorial Entropía es la primera en publicar Poste Restante en nuestro país, cosa que hacía falta ya que no es nada fácil conseguir la versión chilena. El título de la obra alude al servicio que brindan muchas oficinas postales de recibir la correspondencia para aquellos que no tienen residencia fija. Este servicio era utilizado por la viajera, que reproduce en el libro los sobres de las cartas que le envían a “poste restante”. Pero incluso aquí aparece la vuelta de tuerca que confunde el sentido de cada apartado: un breve epígrafe debajo de la imagen aclara que la carta fue devuelta a Chile, es decir, que no llegó a la viajera, al menos no mientras viajaba. ¿A qué se debe esto? ¿Qué guiño nos hace Rimsky en este comentario? El lector debe estar atento si no quiere perderse en los múltiples juegos de la narradora, que pocas o ninguna vez sigue el camino lineal esperado ni mucho menos da explicaciones.

Los detalles, lo pequeño, lo que nadie observa es la prioridad en esta crónica. Como en el film Belleza Americana (1999) de Sam Mendes, el sentido y la magia pueden esconderse en una bolsa plástica girando en el aire. Literalmente: dentro de la visita a Ucrania se encuentra el fragmento titulado “Bolsas plásticas”. Allí, una narradora omnisciente explica que en ese país en los negocios no entregan jamás bolsas plásticas, y que no solo deben comprarse sino que salen caras y hasta las hay que pueden considerarse un objeto de lujo (alusivamente denominadas “Armani”, “Versace” y “Boss”). Este pequeño hecho acaba por tener más significación que el nombre de los  pueblos que visita o de las familias que conoce, puesto que recuerda un acto preciso y repetido de la madre de la viajera en Chile:

“Antes de partir su madre cogió una bolsa plástica que había tirado en la cocina y le enseñó a doblarla tal como aprendió de su madre a aprovechar los restos de comida para hacer un nuevo plato, a no botar los alimentos porque en otro lugar del mundo pasan hambre, y a reutilizar el pan añejo. Su madre no recuerda el apellido de su abuelo ni el nombre del pueblo donde vivió, pero atesora las bolsas plásticas en un país donde sobran”. (170)

Así, los diversos relatos irán configurando una constelación de relaciones entre la vida cotidiana de culturas diversas, mostrando las marcas que la migración ha dejado en Chile pero sobre todo construyendo la idea de que la historia de todo migrante es una fantasía, una acumulación de memorias inventadas, objetos desconocidos, nombres olvidados, fotos ajenas; y no por eso menos valiosa, sino todo lo contrario: una historia que vale la pena ser (re)vivida en carne propia. 

Al contrario de las guías turísticas que nos hacen imaginar el desplazamiento como un cúmulo de felicidades fáciles, continuadas, rápidas, Rimsky se detiene en lo moroso, en lo difícil, en las repeticiones. Relata su ir y venir por una misma calle todos los días que permanece en determinado pueblo, describe el mal estado de las habitaciones en que se aloja, menciona desprejuiciadamente las estafas y aprovechamientos varios que sufre, transcribe los diálogos desencontrados con quienes no comparte el idioma, y es en estos hechos donde se fortalece y se hace tangible la experiencia. Los lectores la acompañamos lentamente en cada pincelada de su historia familiar extraída a fuerza de observación y paciencia a los espacios, personas y costumbres más recónditos, a sabiendas de que el resultado final no será una totalidad clara, inteligible, tranquilizadora; en cambio será, lo sabemos desde las primeras palabras, una pintura hermosa.

martes, noviembre 29, 2016

“Lo apropiado y lo propio podrían llegar a ser un oxímoron”

Entrevista a Romina Paula. Por Verónica Boix para LA GACETA de Tucumán.



Acá todavía no es sólo el título de la tercera novela de Romina Paula, publicada por Entropía: es una declaración de principios. En un presente puro, Andrea, la narradora, acompaña a su papá en el Hospital Alemán. Va reconstruyendo su devenir amoroso sexual y al mismo tiempo intenta entender quién es y qué quiere para su vida. La historia avanza en un espacio de incertidumbre, siempre entre el deseo y la muerte.

Con Acá todavía, Romina Paula vuelve sobre los temas de sus novelas ¿Vos me querés a mi? y Agosto, solo que lo hace desde la madurez de una voz capaz de nombrar las cosas a medida que transcurren, sin categorías preestablecidas. Su serenidad para contestar no delata su inquietud como artista multifacética; en los siete años que le llevó escribir la novela, actuó en cine, publicó y dirigió en teatro Algo de ruido hace, El tiempo todo entero y Fauna reunidas en Tres obras (Entropía) y, además tuvo un hijo.
Sentada frente a un café con leche, igual que Andrea, habla en una aparente simplicidad que va a ir revelando el ritmo del pensamiento. Y la naturalidad del lenguaje encuentra eco en la trama: el cuerpo es el centro de las decisiones, entre lo accidental y lo voluntario, lo adecuado y lo propio, lo pornográfico y lo sentimental.

- La historia hace de la incertidumbre un espacio: la agonía entre la vida y la muerte, la indefinición entre la homosexualidad y la heterosexualidad.
- Me gusta lo que decís, la muerte y el deseo están muy presentes. Creo que están así incluso cuando no hay una situación de duelo concreto. Muerte y deseo son parte de la vida minuto a minuto todo el tiempo. Esa pulsión vital del deseo tiene adentro en sí misma la muerte, el final de las cosas. Están vinculadas necesariamente. Me crié en un mundo de dicotomías donde las cosas son “bueno o malo”, “blanco o negro”. Yo misma tengo la cabeza muy formateada así pero trato de hacer el ejercicio de no juzgar. En ese intermedio me siento mucho más inestable. Pero abrazar esa incertidumbre es beneficioso.

- De alguna manera Andrea lo va haciendo a lo largo de la historia...
- Ella intenta -yo intento- hacer ese recorrido de preguntarse cada cosa. En la primera parte aparece el peso de su infancia y toda esa maleza que forma lo que se pensó para ella, en la que trata de ver quién es. En la segunda parte ella está en ese presente que elige. El “acá” con ese no peso de la tradición. La novela termina con estas palabras “Adecuarse sin poseer apropiado propio fin”. Lo apropiado y lo propio podrían llegar a ser un oxímoron, una contradicción. En el capítulo de la infancia hablo de la idea de la formación, la idea de otros decidiendo por uno. Eso pasa durante un lapso de la vida, si tenés suerte, si alguien cuida de vos y decide por vos. Creo que lleva toda la vida ese proceso de poder discernir qué de eso adquirido te gusta, qué elegís después de que lo hayan elegido por vos y qué descartas, dónde te configurás. Andrea está haciendo ese recorrido, tratando de ver cuál es su lugar.

- ¿Cómo encontraste la voz de la narradora?
- Es una voz que va recorriendo preguntas más que respuestas. Ella está en ese lugar del presente puro. Trabajé mucho con el lenguaje. Obvio que soy Andrea y obvio que no. Lo que me sale y me divierte en el plano de la anécdota es esto que sucede al mismo tiempo: alguien se está muriendo y yo voy a tomar un café con leche. Del mismo modo, me gusta combinar palabras o construcciones poéticas elevadas, con frases hechas o guarradas que terminan de dar algo de la risa patética. Quitarle solemnidad. Lo solemne tiene mala prensa y en realidad es bello pero aparece alguna cosa desprolija o disruptiva, como puede ser una palabra de la calle, y te despierta. Me conmueven esas cositas. Me gusta escribir en esa mezcla de niveles.

- ¿Ese juego con el estilo influye en la trama?
- Sí, vienen juntos. La primera persona me permite ir derivando. Tengo esas fugas. En realidad quería escribir una novela familiar, tenía la fantasía de la novela rusa, el primer título era “Los integrados” porque quería que fuera irónicamente la adecuación. Es loco, viendo las novelas que hubiese querido escribir siento que todas están un poquito acá, pero que no es ninguna de esas. Me imagino al padre de una manera y al no nombrar muchas de esas cosas se vuelve muchos padres posibles. Si vos das más, le quitás al lector en términos de imaginación. Todas esas novelas que hubiese querido escribir están en esta como las puntitas del iceberg.

- “Nada es lo que parece pero tampoco intenta serlo”, piensa Andrea.
- Como los recuerdos de niños, hay un montón de palabras que entendés y adoptás mal y te vas decepcionando cuando son otra cosa. Como pasa en la novela con la frase “la vida perra” que el padre dice irónicamente y Andrea piensa que es verdad, lo entiende como algo bueno. Está bueno pensar que el lenguaje es social, que nos comunicamos, pero a veces, en tu misma lengua y con tus mismas palabras no hay acuerdo. No es unívoco el significado de una palabra. El acuerdo es mucho más azaroso de lo que uno quiere creer.

- ¿En la novela, de algún modo, buscás dejar ese equívoco en evidencia?

- No es que me lo proponga. En la vida oral no me tomo el tiempo de reparar en el equívoco pero cuando estoy escribiendo, me enfrento al papel y aparece el juego con las palabras y el significado. Es algo de lo que me gusta hablar; abrir la discusión. Siento que pongo las cosas ahí para compartirlas, para compartir mi cabeza con mucha gente. Eso vuelve y se parece a un diálogo.

La crónica de viajes se reinventa. Del mapa a la experiencia

Verónica Boix incluye Poste restante de Cynthia Rimsky en esta nota sobre literatura y crónica de viajes. Para Ideas La Nación.



Es muy simple conocer un lugar. O eso parece. Alcanza con escribir el nombre en un buscador, entrar a un blog o mirar un documental de National Geographic. El mundo está a un clic de distancia. Sin embargo se viaja cada vez más. Se viaja para pisar la arena blanca de las playas siempre al sol, para llegar a una cumbre imposible, para sentir el dulce y picante del bun ma en un puesto de comida callejera de Vietnam. Y no hay viaje sin relato. Viajaron Marco Polo, Napoleón, William Hudson y nombraron por primera vez lugares y modos de vida. Para el resto, los que no podían viajar, leer sus crónicas resultaba la única manera de alcanzar lo desconocido. Los relatos de esos viajes eran un espacio de ensueño, una forma de descubrir el otro lado, lo exótico. Hoy, la hiperconectividad y la ilusión de acceso ilimitado a la información vuelven difícil imaginar cómo la crónica de viajes puede seguir revelando algo nuevo del mundo. Y, por extremo que parezca, se enfrenta en la era digital a la necesidad de reinventarse para seguir teniendo sentido.

No hay otro género más cercano al mundo material y sensorial, a eso que llamamos realidad, que la crónica de viajes. Si una pizca de arrogancia lleva a pensar que a partir de Internet es posible conocer la totalidad del mundo, los relatos de viaje se desplazan para demostrar que todavía hoy existen zonas ocultas. Podría decirse que entre esos relatos y las imágenes que saturan las pantallas existe la misma relación que entre ser viajero y ser turista.

Es verdad que la mirada ya era importante en los primeros viajeros, sólo que nunca tuvo el lugar primordial que adquiere en estos tiempos. Nadie cuestionaría hoy que la geografía no alcanza. Lo esencial está más cerca de la percepción. Y, en esa dinámica, las narraciones de viaje se desplazan, una vez más, del testimonio a la experiencia.
(…)

Era de esperarse: cada cronista piensa el género desde sus propios pasos por el territorio y por el lenguaje. Lo sorprendente es que las diferencias subrayan un rasgo en común: para mostrar el mundo habría que ir hacia adentro, inventarlo a partir de lo que se proyecta desde el interior de cada uno. Eso se vuelve claro en Poste restante, las crónicas de viajes de Cynthia Rimsky que acaba de reeditar Entropía. Una mujer chilena escribe su diario de viaje, recibe cartas de familiares y amigos y, al mismo tiempo, cuenta la historia de una mujer latinoamericana que busca a sus antepasados. Las dos viajan por Israel, Chipre, Turquía y Europa Oriental. Cada una se vale de un lenguaje distinto, en la frontera de la poesía, para descubrir ese algo invisible que define un lugar del mundo. Los relatos nacen de la conjunción entre introspección, imaginación y observación.
Escribe: "Al final de las escaleras Potemkin sorprende el silencio y la amplitud. Los edificios, diseñados por arquitectos que Catalina la Grande hizo traer de Italia y Francia para convertir a Odessa en una ciudad cosmopolita, cuentan con espacio para ser admirados sin la interferencia de letreros. Tarda varios días en comprender el origen del silencio: el capitalismo lleva en sí el bullicio de la circulación que satura el oído para doblegar al consumidor a la compra. Acostumbrado al ruido que lo saca de sí, parece extraño encontrarse a solas. ¿Qué se mira al caminar? A los otros, las flores, los frisos, los pensamientos como en un espejo". Cualquiera puede viajar, sacar una selfie y subirla a las redes sociales. En cambio Rimsky, viaja, observa, piensa, imagina: crea un relato y a la vez una ciudad.

Punto de vista

La escritora chilena es igual de clara al hablar: "La crónica de viajes la encuentras hoy en la escritura, no en la geografía; la encuentras en el punto de vista, en el distanciamiento, en la sensibilidad, en el estilo. Ahora estoy en el campo, ¿qué podría escribir de este lugar? Todas las mañanas pasa por la calle de tierra un hombre joven con una niña pequeña y un bolso. Pienso que la lleva al jardín de infantes, pero vuelve con la niña y sin el bolso, entonces reparo en el extremo cuidado con el que lleva la mano de su pequeña; es esa fragilidad, como si tuviese a su cuidado un jarrón que pudiese trizar el aire, la que veo pasar todas las mañanas por la ventana que da al campo donde pastan las vacas y los terneros que nacieron hace muy poco".

A esta altura no quedan dudas acerca de la transformación. Cristoff dice: "Creo que se reinventa, sí, y que en esa reinvención aparecen cosas más que interesantes, entre ellas un trabajo con el lenguaje que antes, enfocado el texto en la información, se obliteraba. Y, en paralelo, una indagación en la intimidad, como si el traslado sin encargo predeterminado se volviera indefectiblemente sobre ese yo que narra". La crónica se renueva a través de una mirada que es prisma capaz de condensar todos los viajes pasados, reales, virtuales y literarios. Se aventura en el territorio de la intimidad con las herramientas que le da el lenguaje. Hace propios recursos como el monólogo interior o la poesía.
Y en esa tensión entre lo íntimo y lo literario aparece el misterio. Y, por supuesto, la necesidad de develarlo. La experiencia de María Moreno es elocuente: "Cuando hago la crónica de los lugares donde he estado, lo hago con la cabeza vacía. Son las palabras las que van armando su circuito cerrado y venido de otras palabras donde lo vivido opone, sin embargo, una resistencia: puedo apropiarme de la enumeración caótica hecha a través del deseo de otro a quien, mientras yo permanezco indiferente a las series de objetos y a sus variaciones, miro desear. Pero antes necesito el cuaderno de bitácora de la lectura, sólo leyendo sabré qué leer luego a mi alrededor. Nada especial puesto que incluyo junto a los libros consagrados -también de este modo soy turista-, la carta de un restaurante, el recorte de un diario, los relatos orales de un amigo mitómano".

Intimidad, memoria, fuga, autobiografía, tradición, experiencia, política, irreverencia, poesía. La enumeración se escapa de los discursos homogéneos y la crónica de viajes respira de nuevo. En ese movimiento delimita un territorio a medida que lo nombra. Suele decirse que viajar es un intento por escapar del ego; hoy es justo al revés. Viajar para contar se transforma, más que nada, en rescatar de ese mundo de vivencias, recuerdos, saberes, cosas leídas, todo aquello que resuena en el paisaje. Contar es más que nada ver lo que está ahí pero nadie más es capaz de ver. Puede ser que, al fin, las dos fuerzas que luchan en cada uno, según Vladimir Nabokov, el anhelo de intimidad y la pulsión para ir a otros lados, se encuentren y bailen. Y la crónica ya no se limite a contar el mundo. Mejor todavía: lo construya en el lenguaje.

La nota completa, en este link

"Siento una profunda desconfianza respecto al sentido"

"Los libros se encuentran con su lector como una persona que mira el cielo por si acaso encuentra la respuesta a un pensamiento y justo se le cruza una estrella fugaz", dice la escritora chilena, residente argentina y autora de libros como Poste restante (Entropía), en esta entrevista.

Por Gonzalo León para el Blog de Eterna Cadencia.



Cynthia Rimsky lleva viviendo cuatro años y medio en Buenos Aires y es una de las escritoras más interesantes de su país: ha publicado un puñado de novelas que se han caracterizado por una escritura sobria y puntillosa, atenta a los detalles, a la expresión de una subjetividad, contraria a los lugares comunes y a las tendencias imperantes. De una simple historia abre el panorama a un sinfín de minihistorias imprevistas que se derraman, por lo general, en no muchas páginas; es también una escritura condensada, espesa, profunda, visual. Este año publicó su primera novela en Argentina, Poste restante (Entropía), que ya había sido editada en Chile, y en el país trasandino El futuro es un lugar extraño, su última novela, y Fui, un libro de cuentos-crónicas que da cuenta de su permanencia en Argentina.

Rimsky da talleres, especialmente de literatura de viajes y de no ficción entendida como un amplio espectro donde conviven muchos géneros; reparte su vida entre su casa en un pueblito de la provincia de Buenos Aires y capital. Nunca le ha interesado ser parte del mundo literario, al contrario, ha preferido la reclusión y la tranquilidad para poder escribir. Hoy es fin de semana y, a esta hora, la tradicional vorágine de los días de semana de Buenos Aires parece detenerse o suspenderse en el aire. Se la ve tranquila, atenta a las preguntas. Sus respuestas son claras, lentas, como si quisiera no dar pie al malentendido, aunque a veces no pueda evitarse.

―Primero que todo, ¿qué haces hace cuatro años y medio en Buenos Aires?
―El primer año, orientarme sin la Cordillera de Los Andes, aprender a pedir remolachas y no beterragas, a andar por la calzada y no por la vereda. En esa época enviaba un relato semanal a una revista digital en Santiago y me lanzaba a las calles a cazar imágenes, situaciones, diálogos como extranjera. Aun con la residencia definitiva, me sorprendió la libertad y una indisciplina que crea numerosos agujeros por donde se cuela y tiene espacio la diferencia, la autonomía, el pensamiento ilógico y un delirio que en Chile está bloqueado y culpabilizado por el disciplinamiento prusiano religioso. Eso me hizo sentir que hasta ahora había vivido en un regimiento, cárcel o internado, y esa sensación me dio pena, rabia y lo más importante, me condujo hacia escritores y escritoras argentinos que me hicieron pensar críticamente sobre el realismo, no sólo como un estilo literario sino como una forma de leer, de mirar y hasta de pensar.

―En este año sacaste tres libros: la edición argentina de Poste restante en Entropía, la novela El futuro es un lugar extraño en Random House Chile y Fui en una editorial independiente de tu país. El primer libro trata de un personaje que va al encuentro de sus orígenes, el segundo es la recuperación de la memoria política tras una desilusión amorosa y el tercero aborda tu último viaje acá a Buenos Aires. ¿Por qué la recurrencia del viaje?
―Acabo de leer La Introducción, de Fogwill, donde el narrador se pregunta qué es pensar. Para eso determina un trayecto, el viaje de ida y vuelta a las Termas, y un método que consiste en interrumpir sus recuerdos, las asociaciones fáciles que se le vienen a la mente. De otras maneras, lo hacen Walser, Chejfec, Berger, Luiselli, María Moreno, Benjamin. Demarcas un trayecto; un parque, plazas, las termas, calles, y esperas a que aparezca el primer fenómeno; un taxi, un burro, una silla, y te pones a pensar. No a la manera de un filósofo o de Odiseo, sino a la manera de Penélope: tejes en el día y deshaces por la noche. Así vas construyendo, a la distancia, dos pensamientos, el visible y el invisible, el de acá y el de allá. Supongo que por eso en mis libros los tiempos y los espacios se mezclan y confunden, y por eso los narradores o personajes se desplazan; para construir la experiencia en la que se van a comprometer. Estos viajeros, además de testigos, tienen una singularidad: llevan puestos los anteojos de la ficción, como dice Vila-Matas, pero como el viaje es accidentado, los anteojos se han rayado.

Arturo Carrera define vanguardia como una parodia crítica de la tradición y Piglia como el intento de destruir una tradición y construir otra. En El futuro es un lugar extraño estas concepciones están porque, si bien esta novela podría ser incluida en la última tradición de novelas chilenas que ha abordado la historia reciente, se nota que hay una parodia crítica y a la vez el intento por destruir esa tradición y construir otra.
―En El futuro hay un plano en el que trabajé con materiales documentales, como hago generalmente, pero esta vez con la intención explícita de romper con la tradición realista chilena por la cual se busca sacar de la oscuridad la historia que la élite y sus medios nos han ocultado o tergiversado para producir una identificación con el lector que piensa: “Ah, la realidad es como yo siempre creí”. Justamente, en esta novela quise correrme del punto de vista de las víctimas, de la épica, de la nostalgia, de lo vintage y del lugar común. Intenté construir otra percepción, desfigurar, extrañar. Lo oculto retorna pero en una forma desconocida para el lector. Lo oculto no es lo real que los medios callan, sino otra forma de percibir. Ayer me contaba una amiga chilena que escuchó críticas a la novela porque no podía ser que la protagonista no recordara, no era lógico; o sea, a pesar de no ser una novela no realista, se la intenta leer desde el realismo y, como no calza, la asumen fallida. El problema de la tradición realista es que es una forma de leer que se emparenta con la literalidad. Respecto a la segunda parte de tu pregunta, la de construir otra tradición, diría que mas bien me sumo a todos los huérfanos que la centralidad chilena condena a una permanente existencia flotante, como Adolfo Couve, Mauricio Wacquez, Guadalupe Santa Cruz...

 ―¿Cuál es la mayor virtud de la narrativa chilena y cuál es su peor defecto?
―La mayor virtud es el lenguaje del cual se nutre, esa distancia ladina entre las cosas y los nombres que Raúl Ruiz realza de una manera prodigiosa en sus películas, ese desplazamiento, esas vueltas para decir una cosa diciendo otra o no decir lo que se quiere decir, tampoco lo que podría decirse y lo que se dice no dice. Esa maravillosa capacidad del lenguaje de escamotear lo real es una de las pocas cosas que el neoliberalismo no ha conseguido estandarizar. Su peor defecto es su horizonte de poder y de instalación.

―¿A qué te refieres con horizonte de poder e instalación?
―La chilena es una sociedad extremadamente competitiva, por otro lado, es un país de una estrechez geográfica impresionante, en su parte más angosta mide noventa kilómetros y el promedio es 180. No hay espacio para todos, el campo del arte es pequeño. Los que tras una cruenta batalla logran tener presencia y arribar al podium, tienen que dar una batalla peor para no ser arrasados por los que trepan de más abajo. Puedes percibir la animosidad con asomarte a Facebook. Los que están en los márgenes pasan o no pendientes del centro y de entrar a él o de ser conocidos o valorados por los centrales, porque si no caen al abismo. En Argentina también hay grupos que tienen códigos de comportamiento excluyentes, pero hay muchos más porque es un espacio vasto.

―En Poste restante, que tiene una escritura sobria y fragmentada ―no porque se quiera construir a propósito eso sino porque se trata de una escritura donde lo sobrio y fragmentario van de la mano―, hay una carta que le manda el padre a la protagonista: “Tengo la impresión que estás un poco perdida. Usa la cabeza, no cometas tonterías”. ¿Qué es el “perderse”?
―No hubiese escrito ninguna novela de no haberme perdido tanto geográficamente como escrituralmente. No puedo planificarlas a priori, no tengo la capacidad de ver el bosque, voy de árbol en árbol. Por ejemplo, en Los perplejos, mi idea fue hacer el mismo viaje que Miamónides desde Córdoba hasta Aleppo y, cuando estuve en Córdoba, en el falso congreso sobre el falso Maimónides, en vez de ir a Tánger como él, me fui a Eslovenia y terminé en Montenegro y la novela la escribí de todas maneras. Perderse es perder el hilo, ir por otro lado, no saber dónde ir, creo que en el fondo siento una profunda desconfianza respecto al sentido.

―En tus libros sueles trabajar con una exposición de una sensibilidad que da la ilusión de que estás trabajando con el yo, pero eludes la primera persona: tanto Poste restante como El futuro... están escritas en tercera persona, pero el narrador tiene una complicidad subjetiva con la protagonista. ¿Se puede exponer una autobiografía sin recurrir a la primera persona?
―No creo haber escrito una autobiografía, tampoco una autoficción. Creo que las escrituras del Yo, como se las llama, son más una forma de leer que una forma de escribir. Si te fijas, los personajes de mis libros generalmente no tienen nombre o tienen más de uno porque no creo en las identidades fijas, estables, y un nombre fija. Fue un riesgo llamar a la protagonista de El futuro por su apellido, la Caldini, además siendo chilena, le puse un apellido argentino, me interesan esos descalces, como poner una sensibilidad supuestamente del yo en una tercera persona o al revés. En Poste restante el personaje se llama la viajera, la chilena, la mochilera, la periodista, la nieta de inmigrantes, todo el tiempo va desplazándose. En Ramal el personaje se llama El que viene de afuera.

―Ya nombraste a María Moreno, ¿pero qué escritoras argentinas contemporáneos te interesan y por qué?
―No leo por géneros, si me gusta María Moreno es por su punto de vista, su escritura, sus torceduras, sus experiencias. María Negroni, por su combinación de sensibilidad e inteligencia; Fernanda Laguna por su experimentación y desfachatez; Paloma Vidal, que vive en Brasil, porque combina escritura con artes visuales. No porque son mujeres. El otro día hablábamos con Laura Petrecca, poeta y traductora, que nuestras lecturas están guiadas por el azar, o sea, los libros se encuentran con su lector como una persona que mira el cielo por si acaso encuentra la respuesta a un pensamiento y justo se le cruza una estrella fugaz.

―La otra vez una editora chilena contó que una escritora le había preguntado cuántas mujeres había publicado y respondió que ninguna. ¿Cuál es el lugar de la mujer en el mundo de la literatura chilena? ¿Detectas alguna diferencia con Argentina?

―No estoy de acuerdo, creo que nunca se han publicado a tantas escritoras. Respecto a las diferencias, aquí existe una mayor diversidad dentro de la cual hay escrituras desfachatadas y desenfadadas. Por otra parte, el departamento de Estudios de Género de la UBA tiene un mayor vínculo con la comunidad, no solo rescata escritoras para la academia sino que estas son publicadas, por ejemplo en la colección Las Antiguas de Mariana Docampo, difundidas y leídas. Hay que fijarse que es una argentina, Mónica Szurmuk, la coautora de La historia de Cambridge de la literatura femenina de América Latina. Este año participé en la presentación de ese libro y el auditorio del Malba estaba repleto. No sé si ocurriría eso en Chile, si las mujeres se comprometen con el género desde esa generosidad e interés. Lo mismo las lecturas, aquí siempre participan escritoras, tengo la impresión de que en Chile es una excepción o tiene que ser organizado por ellas. Creo que el problema no está tanto en la publicación como en la ausencia de espacios participativos para que esas publicaciones se difundan y se compartan. Y cuando se hace es en calidad de mujeres. Un crítico chileno escribió una linda reseña de El futuro pero parte señalando que ocupo el lugar de capitana entre las escritoras mujeres. ¿Por qué hace ese corte si la novela ni siquiera toca el tema de género? Acá no sé si dirían: es buena pero entre las mujeres.

viernes, noviembre 18, 2016

Entrevista a Matías Alinovi

Entrevista a Matías Alinovi a propósito de París y el odio. Por Fernando Infante Lima para Radio Gráfica



Las brazadas de Herzog y Cheever

Luis Sagasti escribe para el blog de Eterna Cadencia sobre la epifanía que llevo a Werner Herzog a caminar de Munich a París, relatada en su diario Del caminar sobre hielo.



Como un rayo se le cruzó por la cabeza a Werner Herzog la siguiente idea: si emprendía una marcha a píe de Munich hasta París, la extraordinaria crítica alemana Lotte Eisner, a quien al decir prudente de todos el cine de su país tanto le debía, se iba a salvar de una enfermedad que la tenía al borde de la muerte. Una y otra vez, con la convicción de un recién converso, Herzog se repite que ella no tiene ningún derecho a morirse. No ahora, dice; hay que impedirlo de algún modo. Veintiún días exactos demoró en recorrer a pie los casi ochocientos cincuenta kilómetros que separan las dos ciudades. En una sola ocasión estuvo al borde de resignarse a un vehículo pese al frío y la lluvia constante. De semejante marcha, que parece una suerte de reverso de El nadador de Cheever ―amén de que ambos viajes concluyen de manera diametralmente opuesta, el alemán se hospeda en muchas casas de verano que encuentra deshabitadas, mientras no hay día en que en algún momento no camine bajo el agua― de semejante marcha, decía, surge un libro entrañable, es decir de los que se leen mejor en la cama: Del caminar sobre el hielo (Entropía)
.
Agradecimiento y expiación son los motivos más usuales por los cuales alguien inicia una peregrinación: de alguna manera hay algo de capitalismo religioso en el asunto, después de todo se trata de pagar por los favores recibidos o devolver con dolor en el cuerpo el daño realizado. Herzog paga por adelantado; un cheque al portador que debe entregar sin decir una palabra de su sacrificio (“Alguien le tiene que haber dicho por teléfono que yo había venido a pie, yo no quería mencionarlo”).

A medida que avanza, los dolores y achaques de su admirada Lotte van ocupando su cuerpo. Cada paso la libera. Ampollas, calambres, el frío como una segunda piel. La mugre lo cubre por completo. Solo en un momento, justo en mitad del viaje, el cuatro de diciembre, habita en él la duda, la sensación cruda del sinsentido: “¿Vive aún nuestra Eisner?” ―se pregunta.
Dos años antes, Herzog había filmado una obra maestra: Aguirre, la ira de Dios.

En su diario de viaje escribe cosas como: “Las suelas arden por efecto del núcleo incandescente del interior de la tierra”, “la lluvia puede dejarte ciego”, “la verdad atraviesa incluso los bosques”. Se trata de pequeñas iluminaciones, retazos, esquirlas de la epifanía inicial. Son guijarros involuntarios, salvajes, que arroja hacia adelante para marcar el camino que lo lleve hacia El Dorado que le fuera negado a Lope de Aguirre, al nadador de John Cheever. El combustible de su andar es el amor entrañable por alguien a quien hay que aplazarle la fecha de partida. Con semejante kerosene no hay forma de fallar.

Herzog llega sin pies, exhausto, a París. Y, cuando encuentra a Eisner en su cama, susurra: “Abra las ventanas, desde hace unos días que puedo volar”.


Nueve años más vivió la gran Lotte.

Gira mágica y misteriosa

Nota en Radar sobre La Flor, película protagonizada por las actrices de Piel de Lava.


La nueva titánica, maratónica, epopéyica saga realizada por Mariano Llinás y El Pampero Cine, y protagonizada por las actrices del grupo teatral Piel de Lava, que comenzó a rodarse hace nada menos que siete años y que comienza su recorrido de exhibición en esta ciudad del Oeste de la provincia de Buenos Aires, casi en el límite con La Pampa. Un paisaje, por otra parte, verde, plano y al borde de la Ruta 5, que podría asociarse inmediatamente con las películas de Mariano Llinás.


La hazaña de los que llegan es solo comprensible como parte y colofón de la hazaña total del proyecto de esta película. La flor comenzó a filmarse el 5 de septiembre de 2009 en la por entonces casa de Agustín Mendilaharzu –miembro de Pampero Cine y responsable de las imágenes de esta película–y recién el 30 de octubre de 2016 comienza su itinerario de exhibición. En el medio pasaron una cantidad de cosas bastante difícil de enumerar, pero que podría resumirse de la siguiente manera: tiempo. Así como Boyhood de Richard Linklater fue filmada en doce años (hizo de eso su estrategia no solo estética sino también publicitaria)La flor filmó a cuatro actrices clave del teatro independiente de Buenos Aires a lo largo de siete años y mil aventuras: Pilar Gamboa, Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa, las deslumbrantes Piel de lava, que pasaron de tener venitipico a tener treintipico, dos de ellas –Valeria y Laura– se convirtieron en madres, protagonizaron otras películas, programas de TV y obras de teatro que viajaron por el mundo.

martes, noviembre 01, 2016

Remembranza de una amistad gigante, reseña de "El increíble Springer"

Sobre El increíble Springer, de Damián González Bertolino, en La Voz del Interior. Por Martín Cristal.


La infancia de su nouvelle es entonces la de una generación anterior, con autos descapotables, una ciudad que todavía es un pueblo y con playas que todavía no están abarrotadas de turistas argentinos (si bien desde los médanos se puede espiar a una joven y muy deseable Mirtha Legrand en traje de baño). Lo que para su narrador es una remembranza, para el autor -quien le dedica el texto a su padre- es un ejercicio de la imaginación.

Con nostalgia ficcional, esa imaginación dicta que el hijo de un pescador, que acompaña a su padre en bicicleta para repartir la mercadería de cada día, conozca al hijo de unos inmigrantes franceses. El lazo entre ellos será el de esas amistades automáticas que surgen entre niños de 6 años, y que en los adultos son más difíciles de forjar. De hecho, cuando crezcan -los dos, pero en particular Gastón Springer-, esa lealtad será puesta a prueba.

Con un aire de literatura norteamericana, el estilo es reposado pero constante, sin apresuramientos ni dilaciones, en un tono de confidencia amable, sólido en su madurez de adulto que rememora o que repite un relato que ya ha pulido de reflexiones innecesarias.

La atmósfera de aquel pasado no se le impone al lector con detalles abrumadores, sino que lo va ganando de a poco con pinceladas impresionistas. Crece, sin prisa y sin pausa, como la mancha de sudor en la camisa de ese padre que pedalea.

El increíble Springer funciona bien como relato independiente, tal como lo reeditó el sello argentino Entropía, si bien originalmente se publicó como parte de un díptico, que mereció el Premio Nacional de Narrativa "Narradores de la Banda Oriental" en 2009.

En esa edición inicial, su lado B era el relato "Threesomes", donde Punta del Este se parece mucho más a la que conocemos -o imaginamos- los argentinos: su historia transcurre en los '90, en el club de golf (escenario que en el relato sobre Springer también aparece, aunque de pasada). Tres mujeres juegan y un caddie las sigue; entre esas cuatro figuras construidas en tercera persona, se van destilando una decrepitud que linda con la locura, miserias sociales, hipocresías, la necesidad de cuidar las apariencias y otras preocupaciones -a veces irrisorias- de la gente de dinero o con aspiraciones de figurar.

Aunque sea más difícil de conseguir por estas pampas, vale la pena asomarse también a esa versión "completa" (desde 2014 se consigue por Estuario Editora). En ella, ambos relatos se apuntalan por los cruces que generan un escenario común y dos épocas muy diferentes.

París y el odio, de Matías Alinovi

Por Pablo Díaz Marenghi para Artezeta



En su segunda novela, Alinovi construye una trama que une a un aprendiz de escritor exiliado en la capital parisina, con un argentino en la Academia Francesa de Letras y terroristas árabes
 “La decisión de incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo mismo. La tomó solo, una mañana, en el pozo de dos plantas”. Así arranca París y el odio (Entropía, 2016), la más reciente novela de Matías Alinovi. Eladio Marino (un homenaje a otro Eladio, Linacero, habitante del pozo de Onetti) es el narrador de una novela muy extraña. Posee una prosa por momentos confesional, monologuista. A veces, el tono se vuelve algo confuso, enredado, pero tal parece ser la intención del narrador: marear al lector en un relato que oscila entre un físico argentino que quiere escribir y se va a probar suerte a la capital parisina y un escritor consagrado, el único hispano parlante que logró acceder a la Academia Francesa de Letras: Héctor Bianco, un claro guiño a la historia de Héctor Bianciotti, el único argentino que formó parte de la institución encargada de regular y perfeccionar el idioma francés.

Alinovi construye una París en ruinas antes de su propio incendio. Una ciudad en donde “hacía frío y oscurecía pronto”. Marino va narrando y recorriendo las callecitas de la ciudad encontrándose con otros compatriotas. Algunos están vivos y son simples trabajadores que se ganan sus baguettes como pueden. Otros, están muertos hace rato y se convirtieron en leyendas, como Atahualpa Yupanqui y Julio Cortázar. Bianco toma la voz en el relato por momentos y cuenta sus desventuras; desde que escribió sus primeras novelas hasta su romance con un crítico literario francés. La muerte de su compañero de vida lo marcaría para siempre. Luego, su llegada a la Academia y sus dudas por el hecho de volverse un académico o, como le dicen en Francia, un “inmortal” -sobrenombre que se origina en el lema A la inmortalidad, creado por el fundador de la Academia, el cardenal Richelieu.

Marino mata el tiempo en las piletas públicas de París y va alternando críticas a la ciudad con referencias cortazarianas (sí, aparecen los axolotes y oraciones que empiezan con “Encontraré a…”, símil Rayuela). Recorre museos y se aburre. La ciudad que había leído como una maravilla lo defraudaba y la quería en ruinas. En la novela se destila todo el tiempo un sentimiento de decepción que desborda las 172 páginas. Quizás los puntos más altos sean aquellos en donde Marino desnuda su alma a través de sus preocupaciones. ¿Cómo podría convertirse en escritor y escribir su anhelada novela? La prosa de Alinovi es muy prolija. A veces, por momentos, roza lo artificioso. Como si quisiera dar muestras excesivas de su capacidad narrativa que es, sin dudas, notable. Pese a ser una obra breve, hay ciertas estructuras que podrían evitarse y evidenciar la potencia ígnea del verdadero relato: la historia de un joven exiliado que mastica su desarraigo e intenta convertirse en escritor, con todo el vértigo que eso implica. El final, con árabes y el protagonista a caballo, cual Juan Moreyra, podrá ser para algunos incorrección política y para otros un cliché.

El verdadero valor de una obra de arte se esconde en la motivación. El resplandor de Stephen King es una historia de terror pero es, ante todo, el relato de las obsesiones de un alcóholico que teme dañar a su familia. 1984 de George Orwell es una distopía pero que nace de las tripas de un periodista que le grita a una sociedad en defensa del derecho a la información. En París y el odio se percibe una motivación muy personal, casi iniciática en el autor. También graduado en Ciencias Físicas, también joven, su primera novela La Reja (Alfaguara, 2013), fue muy destacada por la crítica. Peculiar por su estructura (casi un poema largo) le permitió abrirse camino dentro de la literatura argentina contemporánea. Es posible encontrar similitudes entre Alinovi y Marino. Por momentos, estas similitudes tan densas parecen encarcelarse por barrotes literarios artificiosos (como la historia de los túneles parisinos o los árabes del final de la novela, que aparecen desdibujados, llenos de lugares comunes y de una manera algo brusca).

La segunda novela de Alinovi es una aventura atractiva, con una prosa estéticamente muy lograda pero con una motivación personal que parece constreñida, que podría dar mucho más. Como dijo Leon Tolstoi en su ensayo ¿Qué es el arte? (1897) “se  considerará  arte lo  que  exprese  sentimientos  bastante  universales  para  que  los  sientan  todos  los hombres”. Alinovi enciende las llamas de un fuego universal, como esta idea también del escritor ruso de “pinta tu aldea y pintarás el mundo”. ¿Quién no se sintió extranjero alguna vez, pateando sus propias veredas? ¿Quién no tuvo miedo de dar el primer paso en un camino profesional que se parecía a un ascenso al Everest con escarbadientes? Resta saber si el escritor querrá profundizar este camino en su siguiente novela, experimentando aún más en estructuras lingüísticas y voces alternadas, o explorará en su interior más profundo que se deja leer incendiario, sin necesidad de recurrir a túneles medievales o a terroristas islámicos.

lunes, octubre 31, 2016

Un refugio contra la opresión

Gonzalo León escribe sobre la obra de Cynthia Rimsky para Paniko.cl



Disculpa, pero hace años que no vivo en Chile y me
 parece que no me estoy dando a entender.
Cynthia Rimsky en El futuro es un lugar extraño

1.
Si no saco mal la cuenta, he visto más veces a Cynthia Rimsky (Chile, 1962) en Buenos Aires que en Santiago, eso habla de una cercanía que espero no se traduzca en parcialidad, porque si algo tenemos con Cynthia son diferentes ópticas para abordar, por ejemplo, la literatura argentina que, a excepción de César Aira, no concordamos en casi nada, a veces estas diferencias se expresan —las menos, aunque no por eso menos estridentes— hasta los gritos. Tampoco concordamos en el diagnóstico de lo que pasa en Chile ni en el plano político ni cultural, aunque a mi entender no son visiones contrapuestas, sino complementarias, aunque claro, Cynthia podría pensar todo lo contrario.

2.
Cuando llegó a Buenos Aires en julio de 2012 le pregunté en un bar de Barrio Norte si estaba escribiendo algo nuevo, el año anterior nos habíamos encontrado aquí cuando ella vino al Filba de invitada y me pasó su última novela, Ramal. Puede que la memoria me falle, pero en ese bar de Barrio Norte me respondió que no tenía nada nuevo y que eso precisamente era lo que la inquietaba. Quería escribir en Buenos Aires e iba a tratar de hacer todo lo posible para lograrlo. Y lo hizo. Cuando nos juntábamos en su casa o en algún bar, hablábamos del país —Chile y Argentina convertido en un extraño país llamado ArgenChile—, luego hablábamos lo que nos pasaba para finalmente llegar a lo que estábamos escribiendo. Yo contaba más cosas que ella, y eso no era ni sigue siendo una novedad. El año pasado en una caminata hacia el cóctel anual de Editorial Mardulce me dijo que había terminado una novela y un libro de cuentos y que los pensaba publicar este año. La borrachera de aquella noche hizo que olvidara este recuerdo hasta hoy.

3.
No he leído todos sus libros, algunos los he encarado y otros he preferido seguir de largo. De los que he encarado el que más me gustó fue La novela de otro (2004) publicado por una editorial salesiana. Cuando se lo dije no le gustó nada. Ramal (2011) que ha sido su novela con mejor crítica no llegó a entusiasmarme tanto; de Poste restante (2001 y 2010 en Chile), aquel diario de viajes o de encuentro con el origen, María Moreno escribió en la contratapa de la edición de la edición argentina «está hecho de epifanías, lejos de la exaltación maniaca del viaje beat o del sesgo de denuncia del viaje guevarista». Todo esto para decir que hace unas semanas terminé de leer su última novela, El futuro es un lugar extraño (Random House, 2016, Chile), y me sorprendió por muchas razones. En nuestras charlas ella me decía que esta novela tenía algo argentino, y yo busqué eso argentino (en mis cánones por supuesto), y no lo encontré, es más, me pareció una novela muy chilena, con una lengua anclada en el país, con cierto coloquial, lo que denotaba a mi entender una enorme nostalgia. Sin embargo, no era una nostalgia por Chile, sus cazuelas, sus empanadas y su vino tinto, sino por cuestiones que expresaban una sensibilidad: amistad, fraternidad, compañerismo, en fin, algunos de los ideales que aparecen en la tapa del libro, ideales que son nombres de calles del lugar donde acontece el desenlace de la historia.

La nota completa, en este link

El misterio de un nombre

Sobre Poste Restante, de Cynthia Rimsky, en Ideas La Nación. Por Laura Cardona.


Cuando se sale de viaje, bien se puede contar algo", dice un dicho popular citado por Walter Benjamin. La crónica de viaje supone la elaboración estética de la experiencia del peregrino; es un "diario personal en movimiento" (Santiago Gamboa) aun si el viaje es "un accidente dentro de ella" (Martín Caparrós). El cronista hoy puede elegir no hacer un mero recuento de hechos ordenados o una relación de impresiones, y, sobre todo, puede decidir ser viajero y no turista.

Estas elecciones son las que organizan Poste restante, de la chilena Cynthia Rimsky, libro-álbum hecho con fotos, no necesariamente ilustrativas del recorrido, y fragmentos textuales que siguen un viaje por Israel, Chipre, Turquía, el sur de Rusia y Europa Oriental. La narradora ha encontrado en un mercado persa en Santiago un álbum de fotos familiar que tiene borrosamente escrito el apellido Rimski; imagina que la diferencia i/y respecto de su apellido pudo haber sido un error en los trámites de inmigración y se convence de que el álbum pertenece a familiares de Ucrania. Decide ir tras el origen de las fotografías, dando un nuevo motivo al viaje ya proyectado para buscar datos sobre sus antepasados judíos, rehuidos en los relatos de sus padres.

Evocación, memoria, emigración e imaginación son cuatro conceptos que aparecen en el primer fragmento que abre el libro. Y serán los ejes de una escritura que dispone de distintos recursos narrativos. La primera persona se desdobla en tercera, y la protagonista se convierte en la viajera, la visitante o la extranjera a secas. El orden cronológico de las entradas de un diario convive con los relatos del periplo; con descripciones de las fotos; con cartas escritas por familiares y amigos a poste restante y devueltas, que vienen a ser como piezas de museo en medio de la crónica sesgada. Todo un coro de voces que, junto a las imágenes (un mapa, una página de una guía turística en la que se advierte de los peligros que aguardan a los viajeros), proponen reconstruir un sentido parcial, distante de las escenas originales, a las que se prefiere mostrar desde los márgenes.

Las puertas entreabiertas permiten ver los interiores y adivinar las vidas de sus habitantes; las compañías eventuales pueden sumar buenos momentos, ofrecer ayuda a la viajera o estafarla. Un pequeño templo evoca al abuelo; las estaciones, a personajes de novelas; los objetos de un mercado, memorias familiares. La mirada curiosa y determinada de la narradora capta entonaciones, traduce el tiempo de cada lugar. La voz es pausada, tan calma que produce un efecto de encantamiento. Con un formato de libro inusual, pequeño y amable, Poste restante es un viaje, también, a las tierras de la experiencia poética.

jueves, octubre 27, 2016

Romina Paula, en el Tacec

Sobre Cimarrón y Acá todavía, de Romina Paula, en La Nación. 

Desde hace nueve temporadas, cuando la actriz, dramaturga, directora y escritora Romina Paula estrenó Algo de ruido hace -aquella bella propuesta en la que actuaban Pilar Gamboa, Esteban Lamothe y Esteban Bilgiardi-, su firma como creadora no paró de crecer dentro y fuera del país. Luego vinieron El tiempo todo entero, otro mazazo escénico, al que se sumó Susana Pampín y que incorporaba con maestría un tema de Marco Antonio Solís; y Fauna, otra propuesta de impecable factura que incluía algunos diálogos inolvidables.

Hoy, en el Tacec de La Plata, estrenará Cimarrón. Esta vez, en escena estarán Denise Groesman, Agostina Luz López y Bigliardi (tremendo actor que ha formado parte de todas las producciones de esta talentosa creadora). El texto, escrito por la propia Romina Paula, lo construyó sobre tres ejes: Late, a cowboy song, obra de la dramaturga norteamericana Sarah Ruhl; el movimiento literario y artístico Sturm und Drang, que tuvo su epicentro en Alemania durante la segunda mitad del siglo XVIII, y Cartas a un poeta joven, del poeta checo Rainer Maria Rilke.
En este viaje por los tiempos, aparecerán en escena una chica cowboy y una chica de pueblo que se confrontan con un personaje masculino que, según la creadora, parece una figura salida de un cuadro de Caspar David Friedrich.

La nueva propuesta de Romina Paula, quien acaba de presentar su tercer libro, llamado Acá todavía, se presentará hasta el sábado, a las 21, en el mágico sótano del Teatro Argentino de La Plata. Todo indica que la temporada próxima Cimarrón tendrá su segunda temporada en una sala pública de la ciudad de Buenos Aires. Por ahora, el cruce de situaciones, vínculos y constelaciones que propone esta creadora tan personal tomará cuerpo en la ciudad de las diagonales.

De vuelta al ruedo, Romina Paula brilla con nuevo libro y obra teatral

Entrevista a Romina Paula en Clarín Cultura. Por Ivanna Soto.


Acaba de publicar la novela "Acá todavía" y estrena hoy la pieza "Cimarrón" en el Argentino de La Plata.

Dice Romina Paula que cuando alguien importante muere, algo de uno muere pero también algo nace. Y le consta porque no hay nada más fuerte que la experiencia para decantar certezas. O, al menos, preguntas. Fue cuando murió su padre, en 2010, que empezó a escribir Acá todavía (Entropía), su tercera novela, que trascurre en sentido inverso, partida en dos: de la agonía –“todavía”, estar todavía–, mezclada con el devenir del deseo sexual, al puro presente: ese “acá”, escrito antes y después de quedar embarazada de su hijo Ramón.

Los polos vitales, el amor y la muerte: esos son los temas que rigen su novela, teñida por el color de una época que nos marcó a todos los que crecimos en ella: los 90, “la década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada”, escribirá. Su estilo es ya una marca que arrastra desde la primera novela, ¿Vos me querés a mí?: es fácil entrar al juego de un relato que fluye con transparencia, entre diálogos y observaciones del mundo.

Paula es también dramaturga y directora (entre ellas, la memorable El tiempo todo entero, versión muy libre de El zoo de cristal, de Tennessee Williams) y actriz (en cine estuvo en El estudiante, de Santiago Mitre). Y en el salto de la narrativa a la dramaturgia, lo que transmuta en palabras no son las cosas de la vida sino la propia literatura. De una manera radicalmente distinta y atravesada por un mundo de citas y referencias a Rainer Maria Rilke y Sarah Ruhl, con los mismos temas da lugar a la más abstracta de todas sus obras teatrales, Cimarrón, que estrena hoy en la sala TACEC del Teatro Argentino de La Plata y se verá solo hasta el sábado.

-Los dos hechos que marcan Acá todavía: la muerte y la nueva vida a través del embarazo, te pasaron a vos. ¿Qué tanto se diferencia el personaje que narra en primera persona de la vida misma?
–Lo que escribo en narrativa es una suerte de criatura que se nutre de cosas que viví y cosas que no. La primera parte, la del hospital, la escribí mucho después de haberla vivido, y obviamente no fue de ese modo. Y la segunda la había empezado a escribir antes de estar embarazada pero el deseo funciona de modos misteriosos.

–¿Empezó como una catarsis?
–Sin dudas fue catártica. Pero mi intención no fue documentar pensamientos o sentimientos. Sí son cosas que yo pienso, pero cuando voy a escribir no es que yo quiero contar eso que pensé sino que me pongo a escribir y se me va mezclando. Y cuando va pasando el tiempo, se me empiezan a confundir un poco la realidad y la ficción. Creo que cuando sea vieja voy a pensar que cosas que no sucedieron, sucedieron. Y al revés (risas).

–Hay en general una asociación fuerte entre el sexo y la muerte. De hecho, en la novela el deseo nace en un contexto de hospital y ahí se narra la primera escena sexual.
–Es muy frecuente que cuando mueren tus padres, o uno de ellos, tengas un hijo. Hay algo de la subsistencia supongo. Quise hacer una especie de reconstrucción del devenir sexual de una mujer e ir hacia atrás, partir desde la infancia.

–En tu obra, Cimarrón, aparece fuerte Rilke. Vamos con otra cita del escritor pero esta vez aplicada a la novela: “La verdadera patria es la infancia”. ¿Hay algo de eso?
–Nunca me gustó la sobrevaloración de la infancia como un lugar perdido y al que uno anhela volver. Nunca sentí eso.

–Pero no como un lugar al que uno quiere volver sino como el lugar del que uno nunca puede irse, por cierta cosmovisión del mundo a la que se queda un poco pegado.
–Me convoca especialmente algo de esos primeros vínculos en la constitución de uno: quién es uno respecto de esos otros que durante muchos años de tu vida eligieron por vos. Entender la construcción de la identidad a favor de, en contra de, o a pesar de. No es que yo haya pasado una mala infancia, pero recuerdo con bastante angustia esa cosa de que otras personas tomen las decisiones por mí. Y ahora estoy del otro lado. En ese sentido, yo lo que quería era escribir una suerte de novela familiar de estilo siglo XIX, que entrara en todos los personajes, pero no lo fue. Finalmente están ahí ocupando mucho lugar el deseo y la muerte.

–De una forma mucho más explícita que en tus novelas anteriores.
–Siento que esas situaciones requieren ese nivel de descarnamiento, de crudeza. Me parece bastante cruda esta novela. Pero lo del sexo me da mucho pudor también. Son cosas que en general escribo y después olvido. En ese sentido un libro es raro, porque es algo muy íntimo que uno escribe en soledad y luego, de repente, se hace público.

–Pasó un lapso de tiempo importante entre tu última novela, Agosto (2009) y ésta. Pero mientras no publicabas novelas, en el medio hiciste (y publicaste) teatro...

–Desde que la empecé a escribir, tenía períodos en los que la dejaba. En cambio, cuando escribo una obra ya sé que la voy a hacer, me la imagino para ciertos actores, para el espacio, tengo algunas limitaciones que agilizan su escritura. La narrativa para mí no tiene esa urgencia, me acompaña durante el tiempo que sea necesario, no tiene una finalidad tan práctica. Escribir es algo en sí mismo y por momentos me genera placer pero publicar es ya otra cosa. Me llevó un tiempo hasta que finalmente me decidí a eso. Y acá estamos.

lunes, octubre 24, 2016

Romina Paula: entrevista en Télam

Entrevista a Romina Paula para Télam. Por Emilia Racciatti.


"Cuando murió mi padre sabía que la única manera de soportarlo iba a ser escribir sobre eso"

 "Acá todavía", la tercera novela de la narradora (Buenos Aires, 1979), está compuesta por dos capítulos: el primero llamado "Todavía", en el que acompaña el proceso de enfermedad y muerte de su padre y "Acá", en el que se traslada a Uruguay para llevar las cenizas de ese padre e intentar pensar en su porvenir ya no como hija sino como futura madre.

Paula prefiere definirse como "autora" porque dice que es un título que incluye su práctica como dramaturga, escritora y actriz. El próximo fin de semana se presentará su obra "Cimarrón" en el teatro Argentino de La Plata, que llegó después de "Fauna", "El tiempo todo entero" y "Algo de ruido hace", en las que también se encargó de la puesta en escena.

Su primera novela "¿Vos me querés a mí?" (2005) fue el tercer título que publicó la Editorial Entropía, que también fue la responsable de editar "Agosto" (2009) y ahora "Acá todavía".
En esta oportunidad, Paula construye la voz de una narradora que asiste a la agonía de su padre en un hospital en el que a partir del vínculo con sus hermanos rememora su pasado, su rol como hija y encuentra puentes para pensarse en el más allá de esa instancia de duelo en la que está inserta.

-Télam: ¿Estas novelas componen una trilogía?
-Romina Paula: Claramente no hay un salto radical, y la voz es bastante parecida. Incluso creo que esta es un poquito más literaria en el sentido de ciertas decisiones estructurales, pero sin duda tienen una marca las tres. La anterior es sobre la adultez y esta es sobre la adultez más entradita.

-T: Sobre el título: también le da nombre a las dos partes de la novela pero de manera invertida: la primera parte es Todavía y la segunda Acá.
-RP: Cuando decidí que ese fuera el título pensé en una frase que dice Rosa, la enfermera, a la protagonista: "¿Vos acá todavía?", y me di cuenta que también podía usarlo para la estructura. Pensaba en la versión aristotélica del teatro que sucedía en la unidad de espacio, tiempo y lugar. Me gustó que sean adverbios de lugar y de tiempo. Además el "Todavía", que es el nombre de la primera parte, sería "el todavía estoy vivo" en referencia a la salud del padre. Hay algo diferente en cada una de las partes: en la primera algo de retrospectiva, los hitos de la adolescencia y la infancia, lo que pasa con la agonía del padre, su devenir sexual. Y el "Acá" es puro presente, donde la narradora avanza sin juzgar las decisiones que va tomando y que tienen que ver los efectos que te dejan los traumas de una muerte. Es un duelo que te deja también en un lugar de mucha vitalidad en el que decís "Bueno, todavía estoy acá".

-T: En la segunda parte hay una pregunta que queda sin respuesta que es la pregunta por el encuentro con el otro al que fue a buscar la protagonista.
-RP: Sí, cuando debería empezar, termina.

-T: Vuelve a aparecer el Hospital Alemán en la ficción.
-RP: Eso no tiene nada de poético ni literario: tuve un vínculo con ese hospital porque hay dos cosas biográficas que sucedieron allí. Mi abuela estuvo internada en ese hospital y la abuela de la protagonista estaba internada en ese hospital. Y mi viejo estuvo internado y se murió allí. Igual el hospital está ficcionado. También aparece Uruguay y un pueblo al que le puse Reartes porque hay un montón de nombres increíbles para el partido de la costa en Uruguay, pero no quería que fuera uno real porque cualquiera que conoce ya tiene un vínculo más real con ese lugar. Reartes es un lugar en Córdoba.

-T: En el libro se habla de "la década colorinche, mal cortada, cínica y bronceada".
-RP: Sí, es la década del 90. De hecho cuando lo escribí dije que era una década a la que no se iba a poder volver y después ganó Macri, y no sé si es tan difícil que eso suceda. Yo fui adolescente en los 90 y creo que eso influye, pero no sé cuánto porque no sé si hay un cambio tan grande, ya que creo que podemos hablar de una generación si hablamos de 30 años juntos, no de 10 años juntos.

-T: ¿Qué leés de literatura argentina?
-RP: Tengo un hijo de un año y medio y entre todas las cosas que hago, leer es la que menos hago. Tenía pendiente hace mucho "El libro enterrado", de Mauro Libertella, que me encantó. Leo a Iosi Havilio que me gusta mucho. Leí "Los residentes" de Camila Fabri. Me gusta Clara Muschietti que escribe poesía. Leí a Selva Almada.

-T: ¿Cuando empezaste a escribir la novela?
-RP: La empecé a escribir después de "Agosto", en 2010. Mi papá se murió en 2010 y yo sabía cuando estaba atravesando ese proceso que el único modo de soportarlo era saber que iba a escribir algo sobre eso y a fin de año empecé a escribirla. También quería escribir una novela familiar. Había lugares en los que quería entrar. Empecé a escribir sobre el embarazo y después quedé embarazada.

-T: ¿Por qué te definís como autora?
-RP: En las tres cosas que hago, la literatura, la dramaturgia y la actuación, siento que puedo dar algo que tiene que ver conmigo y que lo que puedo ofrecer soy yo. Por ejemplo como actriz no soy súper maleable sino que lo que puedo dar es algo que tiene que ver conmigo, entonces siento que lo que puedo ofrecer es lo que soy yo. Por otro lado, ser escritor sacaría lo de ser actor y la posibilidad de dirigir teatro. En cambio como autora soy todas esas cosas. Como directora puedo ser autora, como actriz puedo ser autora y es una mirada más amplia que la de escritora.

-T: ¿Cómo es la relación con la literatura o la escritura para el teatro?

-RP: Para el teatro no me pasa que tengo una idea y escribo. Trabajo casi por encargo para mí misma. Escribo y sé que voy a empezar a ensayar. Después viene el proceso de la puesta en escena donde seguís trabajando. Pero sé que el texto se va a encontrar con actores, con ese ser dicho, entonces son más acotados los procesos.

Matías Alinovi: “La literatura es una incesante lucha en contra del lugar común”

Entrevista a Matías Alinovi en Infobae. Por Matías Méndez.


Las citas que abren el libro son la primera señal de lo que nos vamos a encontrar en la última novela de Matías Alinovi: Ernest Hemingway, Eva Perón, Jean-Paul Sartre y Silvina Ocampo conviven en las dos primeras páginas de París y el odio (Entropía). Con esa mixtura, el lector ingresa y rápido recibe otro llamado de atención para que agarre el libro con más ímpetu: "La decisión de incendiar París fue repentina. París o Francia, era lo mismo", así comienza el libro de Alinovi, autor de una recordada y elogiada novela, La Reja (Alfaguara, 2013).

Si en aquella primera novela la reflexión acerca de la identidad entraba en juego a partir de la toma de una casa en el Conurbano, aquí Alinovi la plantea desde la construcción que puede hacerse de una nueva. Lo hace tomando datos biográficos del escritor Héctor Bianciotti, que se radicó en París, se naturalizó francés y fue el único miembro proveniente de un país hispano que integró la Academia Francesa de Letras. Alinovi vivió ocho años ahí, lo conoció y se sintió atraído por la decisión de Bianciotti de construirse una nueva identidad. "Esa idea de la negación de unos orígenes y la integración en otra cultura me interesaba particularmente, porque yo me sentía en el lugar opuesto: me parecía que la identidad era sostener el origen", afirma Alinovi en el estudio de Infobae.

En esta entrevista, el autor cuenta cómo Bianciotti llegó a olvidar palabras del castellano, reflexiona sobre la identidad, sobre la idea argentina de París, sostiene que en Julio Cortázar conviven dos escritores y explica su posición frente a la escritura.

—¿Se planteó esta novela con la idea de hacer una biografía de Héctor Bianciotti?
—Sí, quería utilizar los datos biográficos de Héctor Bianciotti que conocía y ponerlos en la novela y los que no conocía los inventé. No hacer una biografía, lo que me interesaba del personaje era que representaba para mí al tipo de escritor, te diría de persona en general, que es capaz de adaptarse a un nuevo lugar olvidando el lugar de origen. Él lo logró y la metáfora fue tan perfecta que murió olvidando todo con Alzheimer. Se volvió un personaje muy francés, muy amable, muy difícil de definir de dónde vendría, un personaje con un levísimo acento. Me encontré con él algunas veces y a mí me sorprendió mucho. Yo le preguntaba por Córdoba, porque él nació ahí y me dijo: "Yo odio Córdoba".

—¿Usted veía en él una negación de la identidad?
—No, yo veía un modo de construirse una identidad que sería negar el origen para una identidad construida por el entorno, ser es ser francés o ser es ser del lugar que vos elegís. La identidad como una idea de elección personal y no como una fatalidad.

—¿La identidad como una construcción y no como lo dado?
—Absolutamente, uno siente que la identidad es lo dado, es el tesoro de la cultura que se te confía para bien y para mal. Aparecés en el mundo y sos fatalmente argentino, qué le vamos a hacer. Con eso es con lo que tengo que hacer, es lo que Sartre llamó la facticidad, es lo que no elijo. Gracias a que hay algo que no elijo es que puedo elegir. Es trascendiendo eso que no elijo, trascendiéndolo hacia mis propias posibilidades es como me construyo y como me convierto en alguien. No es la única forma de entender la idea de la identidad, él la entendía como parte de las cosas que podían ser elegidas, no como algo dado.

—¿Como una búsqueda?
—Quizás como una búsqueda.

—¿Le atrajo eso cuando lo conoció personalmente o cuando lo veía en la escena pública?
—No sabía prácticamente nada de él antes de conocerlo, salvo que formaba parte, y este es un dato que siempre fue muy llamativo, de la Academia de Letras Francesas, que tiene como una cuestión de récord, es el único. Es también una institución como decimonónica, en donde están vestidos con trajes, hay que hacerse forjar una espada cuando uno entra, se hacen llamar "Los inmortales". Es una cuestión que para nosotros remite a la logia, a la secta. No sabía nada, salvo eso y lo llamamos por teléfono desde la nada, siendo absolutamente nadie; nos atendió y vino a comer a la casa en la que vivíamos. Conocíamos un personaje muy raro, era como un tipo muy pintón, tenía un porte como de actor de cine, alto, de ojos verdes. Vino muy trajeado, empezamos a hablar y fue muy interesante. Se había olvidado muchas palabras, por ejemplo, se había olvidado la palabra "venta", me decía /vont/, se había olvidado la palabra "tractor". Me contó que había conocido a Eva Perón en la fábrica de aviones de Córdoba, donde trabajó poco tiempo y que un día fue Eva en un tractor. Decía: "Eva estaba subida a una de esas cosas que andan por el campo"; y yo le dije: "carreta", y me respondió: "¿Qué carreta?", y después entendimos. Conocimos a ese personaje muy raro y después lo cruzábamos en encuentros mundanos como en la Embajada y ese tipo de cosas, y siempre me llamó la atención la voluntad de convertirse en francés olvidando los orígenes.

—¿Ese olvido lo llevó a olvidar el lenguaje?
—Sí, se olvidaba las palabras castellanas. Estuvo muchísimos años sin volver a la Argentina, hasta que volvió con el presidente [Jacques] Chirac, porque es un poco el papel que juegan en la Academia Francesa, son como los representantes de las culturas del mundo y entonces los presidentes toman apoyos de ellos.

—Crecimos escuchando dos leyendas: una, que París es la ciudad luz, una suerte de meca de la cultura hacia la que hay que ir y la segunda, que Buenos Aires es la París del sur, y usted viene con su novela a barrer con todo eso.
—Está bien, lo ponés en términos de la infancia y las ideas de la infancia están llamadas a ser, tarde o temprano, abandonadas. Es como un llamado al abandono de esas ideas, a la crítica de esas ideas desde todos lados. [René] Descartes propone como punto de partida de su filosofía justamente eso, dice: "Desde chico he recibido unas ideas, nunca las puse en duda, las acepté como verdaderas, alguna vez tengo que hacer la crítica de esas ideas y entender por mí mismo si son verdaderas o no". Ser argentino es un poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la civilización, es una idea vieja para nosotros, que viene de [Domingo F.] Sarmiento y de la generación del 37. Nosotros recibimos la idea como la recibe un chico; además recibimos que debe ser nuestro modelo y que debemos acercarnos a ella y que Buenos Aires es la París de Sudamérica.

—Inclusive que lo fuimos…
—Eso también está bien: sería el mito de la edad dorada, hemos sido, hemos podido serlo, quizás podamos serlo de nuevo. Me hiciste acordar a [Mario] Vargas Llosa diciendo que Argentina tiene que ser lo que ya fue, lo cual es una cosa bastante desconcertante: "Tengo que ser lo que fui, pero no sé qué es eso que fuimos". Está ahí dando vueltas el mito. Eso nos recorta y nos distingue de Latinoamérica, nos hemos pensado siempre como muy atraídos. Ninguna de estas ideas es novedosa, están todas en el Facundo, están todas en la generación del 37.
 Ser argentino es un poco recibir la idea de que París es todo lo deseable, es la civilización

—¿Hemos crecido con el mito de que somos más europeos que latinoamericanos?
—Absolutamente, y es una lástima eso, es como un destino sudamericano fallido. Me parece que la historia nos ha pasado por arriba y que esta novela a veces la pienso como vieja en su planteo, porque la idea de la idealización de París corresponde a generaciones anteriores. Me parece que eso se abandona, tarde o temprano.

—Si uno piensa el título, París y el odio, también habría que decir que nunca hemos pensado el odio atado a París, sino que está vinculada más al amor que al odio.
—Edgardo Scott, un amigo, me dijo que no le cerraba el título y después me dijo: "Es lindo porque lo entendí: es el amor y el odio". Yo no lo había entendido y él lo entendió, y me parece que está bien como lo entendió. París desde el título está en el lugar del amor, de un amor no correspondido además y esto es lo que a mí me hace un poco mal de eso, es extraño querer tanto a alguien cuando ese alguien no se fija en vos.

—En la novela incluso postula a ese alguien, París, que sólo se mira a sí mismo, por ejemplo, en una escena en una estación de metro. ¿Por qué?
—Ahí hay un cartel que dice: "El tango es una música de origen africano que estuvo de moda en la París de comienzo del siglo XX", esa es la definición del tango. Es una definición francesizante. Ellos dicen, está escrito por ahí, que Francia se hizo en todo y que eso está bien porque es un modo de entender la realidad. Por eso digo que es raro poner a alguien en el lugar del amor cuando ese amor está tan poco correspondido que ni siquiera aparecés nombrado en la línea que define al tango. Es raro.

—Plantea una referencia a lo que podríamos llamar las primeras lecturas. Hablo de Cortázar, sobre el que el narrador dice: "Caminando por París te caminaba Cortázar por encima". 
—Qué injusto, qué feo decir eso, la verdad que me siento muy mal. Hay algo de eso, hay algo de la caricatura París hecha por Cortázar o que nosotros vemos así. Me siento mal y casi que no quiero decir nada, pero es verdad que Rayuela es una novela que se lee en la adolescencia y que parece estar muy por debajo de las posibilidades literarias de Cortázar, que parece ahí haber un Cortázar él mismo adolescente, un poco obnubilado por esas posibilidades de París.

—¿Barroco?
—Puede ser barroco, un poco sustancialista, como si París fuera una sustancia maravillosa. Todas esas cosas que a mí siempre me parecieron un poco ridículas, eso de los encuentros fortuitos, de La Maga… Nadie se encuentra con nadie. Uno sale caminando para Palermo y otro para Constitución y no nos vamos a encontrar. Está bien, ahí me pueden acusar de que estoy perdiendo el aspecto más importante o el romanticismo de la novela. No sé, Cortázar es un extraordinario escritor y luego es una persona, que como persona puede estar más o menos influida, más o menos atraída por cuestiones más o menos banales. Yo disfruté, como casi ningún otro grupo de cuentos, los cuentos de Cortázar, a los que leí en París.

—¿Pueden parecer dos escritores?
—Son dos escritores completamente distintos. Eso lo sentí muchas veces, el de Rayuela y el de los cuentos.

—Hay una palabra que cruza la novela y en la que me quiero detener: 'afectación', que creo que está postulada acerca de París, pero también sobre el campo literario. ¿Es así?
—Creo que sí. Dos cosas: una, es pesado que siempre la literatura, porque me decís esto y me reconozco en ese lugar y pienso: "miles de tipos han escrito" y siempre escribir es escribir sobre la afectación de la literatura o criticarla. Cuando era chico, pensaba que hablaban sobre la escritura y yo quería que hablaran sobre las novelas, hay algo del regodeo que está siempre presente que lleva a la afectación, a lo remanido. La otra cosa, yo entiendo a la literatura como una incesante lucha en contra del lugar común, en el sentido más amplio del término: en la escritura, en las palabras, en los temas, en las posiciones, en las opiniones, en la afectación. Hay algo en la literatura que siempre empuja para el mismo lado, hacia el lado de la afectación, de lo remanido, del lugar común. Es como una tradición la de la literatura, muy agobiante por momentos. Ya se ha dicho todo, ya se ha escrito todo, ya han aparecido todos los personajes en el mundo. Seguir escribiendo es enfrentar esas dificultades, con mayor o menor éxito, pero enfrentarlas, no ceder al lugar común, a la tontería.

—La novela tiene un protagonista que navega entre el fuego y el agua, entre las piletas que visita y su deseo de incendiar París.

—Este Iladio Marino, que tiene un nombre ridículo pero no encontraba el nombre. Entre el fuego y el agua, sí. El agua sería la metáfora de lo gentil, de lo amable, de lo que permite navegar y el fuego sería la de la destrucción. Está entre esos dos estados de ánimo, un estado agua y un estado de ánimo, fuego. Es un poco París, que puede ser amable, interesante, que puede ser atractiva, pero también puede ser dura, excluyente, puede ser antipática.